El Bulevar de la Vida

Gabriel García Silvestre y Feliciano

            El fin de semana, por las vacaciones mundanas, o por el recogimiento que el catolicismo impone, los periodistas nos preparáramos para como Chochuecas mediáticos, el lunes reunirnos en El Sol de la Tarde, en Color Visión o en este Listín… a contar muertos.  

            Uno estaba en tangos duros y boleros malditos,  cuando comenzó la suite de la parca, jodida muerte.

            El primero en marcharse fue Cheo Feliciano, que semanas atrás, con sus compañeros de La Fania, había rendido homenaje al maestro Pacheco, que como un Balaguer de la salsa, insiste en burlarse de la muerte con “hojas para baño” y “aguas de clavelito” entre “compadres”. Uno andaba entre “Amada mía”, “Anacaona” y “Mi propio yo”, cuando la locura por el “palo”  periodístico nos mató a Sonia Silvestre antes de tiempo.

            Harto de tanta muerte, sentado en El Bar de Correa, sólo atiné a maldecir: “Pero, Aquiles, ¿y qué m… de Semana Santa es esta? Se supone que a Jesús lo matan el viernes, revive hoy sábado, y entonces todo es alegría: a los enamorados tiernos los perdonan las cristianas buenas, las abogadas sensibles o las psicólogas de Jung.

            Desde que Sonia “Cantó los poetas de la Patria”, el más feliz de todos los inventos del maestro Yaqui, la Silvestre tenía asiento reservado en el Edén de los grandes.

            Con su voz, Sonia lo hizo todo y para todos: fue patria, amor, fue El Terror Díaz y el folklor. Nadie como ella nos representó de tantas maneras, todas dignas. Desde “Dónde podré gritarte que te quiero”, hasta “Adagio de mi país”, o el canto al guachimán que en la bachata de Luis la salvó, cuando todavía la bachata era palabra prohibida en los grandes salones de nuestra dominicanidad tan vencida en sus complejos de no ser, por ser siempre «el otro».

            Iba mal el güikén cuando de repente sonaron todas los timbres mediáticos y las redes sociales. Había muerto Gabriel García Márquez, GGM, que era como decir que había fallecido un pedazo de la América mestiza para ser enterrada en Macondo. 

            Después de Cien Años de Soledad, CAS, nada ha sido igual en la literatura occidental. Para Milán Kundera, es en CAS donde “el arte de la novela supera el sueño del protagonista único y generalmente sin hijos” (El Quijote, Balmont, Werther), y es en ella donde el individuo deja de ser el centro de atención que en CAS es transferido a los Buendía y todos los habitantes de Macondo.

            Para Francisco Umbral, junto con Neruda y Rubén Darío, GGM salvó a la literatura española de sus postraciones y letargos. Gracias a él, “toda Europa se pone a hacer lirismo en la novela”, y se encuentra con sus orígenes poéticos que había abandonado desde la Iliada y la Odisea. Carlos Fuentes va más lejos que Umbral al considerar que la fundación de Macondo “es la fundación de la utopía”, que es justo y lo que Copérnico, con su revolución científica en el Renacimiento le había destruido a los europeos. Sin Utopía ni Arcadia,  era solo asunto de tiempo que un genio se inventara a un Macondo, donde los Buendía inventan el mundo para olvidarlo luego; son “las infinitas posibilidades del olvido” a las que se refiere GGM. Sólo que don Gabriel no tomó en cuenta que su obra, su Quijote mestizo y mulato, no le concedería a él posibilidad alguna  ante el olvido.

            Por eso, en un error garrafal e imperdonable, la prensa de todo el mundo anda diciendo que murió GGM. Nada más falso. Cómo puede morir un genio si su obra está ahí y con ella él renace cada día, en cada lectura, en cada nostalgia, ay… “… sus senos habían sucumbido al tedio de las caricias eventuales, y su vientre y sus muslos habían sido victimas de su irrevocable destino de mujer repartida

pablomckinney

Periodista y escritor. Columnista. Productor general y conductor del programa McKINNEY: La Entrevista. Sábados 11:00 p.m. para Color Visión. Contacto: 809 683-2208 (oficina) 809-321-8146 (móvil).

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