El Bulevar de la Vida

El abuelo negro

Antes que del abuelo negro, hablemos de los vecinos negros. Todo lo que habrá de ocurrir en el país a partir de la promulgación de la Ley de Naturalización y humanización de la Migración será de ganancia para la nación dominicana. La Ley del Presidente Medina es ganancia para el país y su buen nombre internacional, porque ya no es posible ir sonriente e impune por un mundo interconectado, matando civilmente a decenas de miles de ciudadanos como si se comiera uno un chuflai o se tomara un mabí de bojuco indio en “El Bomba”.

Los responsables. Los responsables de la masiva inmigración ilegal hacia la Dominicana no son los haitianos, que, como los dominicanos, andan por el mundo huyendo de ese descuido de Dios que es su pobreza; como tampoco lo son unos curas jesuitas del carajo, ni las chicas (buenas piernas) de las ONG, ellos solo van por el mundo confirmando vergüenzas nacionales aprendidas de potencias imperiales; la responsable no puede ser la pobreza de espanto y diablos del vecino negro que nos invade con su muerte por ganarse la vida, ay, porque en lo fundamental, los responsables son los sectores productivos en su rentabilidad esclavista, los partidos de gobierno y sus elecciones por ganar, los intolerantes que sólo saben insultar e irrespetar, y especialmente, los hijos de un pobre pueblo mulato, nosotros, acomplejados de nuestra negritud, de nuestra abuela. Hablo de mulatos descafeinados a quien el patriotismo patriotero y oportunista sólo le alcanza para cruzar el río Masacre, cuando no llueve, ay, cuando no llueve.

Andaluces pasados por África. Los dominicanos somos europeos pasados por África: etíopes y gaboneses amamantados por la loba de las noches de Cádiz, ay, Málaga y Sevilla. Eso. Y porque somos ellos, y en nosotros está Lemba y está Don Bartolomé, el de Las Casas; porque no sólo El Quijote nos persigue y nos protege, sino también el tambor que nos alegra y nos da vida, por su ritmo y su alegre nostalgia, por su vocación para la felicidad… Por eso, por ellos, los hermanos negros de esta nación mulata y alienada de “jalouin” y “sanguivin”, avergonzada de su negritud y con su «texturizado» a cuestas. Por ellos. Y porque hemos adorado hasta el ridículo a la Madre Patria, que a veces sólo ha sido una puta madre, y nos hemos olvidado, avergonzados, de nuestro ser mulato, de nuestro negro Padre de la Patria, y no es a los tres mulatos conocidos a quien me refiero, sino al abuelo negro, a mi negra bisabuela McKinney que nunca conocí, a todos ellos cronicanto por saber y no olvidar que los dominicanos somos apenas y –apenados- los hijos del hambre y el olvido, de la pobreza y la sobre explotación. Somos lo que el colonialismo fue sembrando a través de cinco siglos en todos los mares del mundo afroamericano y sus costas.

La Edad Media de la democracia. Esta pobreza material y cultural, no nos la mandó Dios, que era ateo, ni Checherén que era socialista, sino la monarquía europea y más tarde sus representantes criollos, y después el vecino del Norte “poderoso y brutal”, y otra vez los lacayos acomplejados y crueles, esos que nos enseñaron a esperar siempre al Maná, a justificarnos en nuestros errores, y en eso estamos: viviendo nuestra Edad Media democrática y política.

Un reconocimiento moreno. Reconozcamos entonces, a la bisabuela negra McKinney, al abuelo negro y sus nietos negros, ay, a todos, a nosotros mismos, mulatos descafeinados, reconocimiento negro, moreno y mulato, por tanto olvido y tanta ignorancia; reconocimiento a ustedes, “los muertos de mi felicidad”, a todos y a cada uno: Desde aquí mi personal y público homenaje porque sin ustedes estaríamos incompletos y desconsolados. No tendríamos Son, ni mulatas ni sueños, o sea, que respiraríamos quizás, pero no tendríamos vida, apenas seriamos viles sobrevivientes sin saberlo.

Baile usted un son que cante Matamoros, “La tragedia del Moro Castle, por decir”, que cante Johnny Ventura a “Marina”, y el torito cante Leña. Entonces, aceptaremos al fin, el innegable hecho de que las sombras del abuelo negro y sus nietos nos han iluminado el camino, tanto, tanto, que hasta en nuestra pobreza de vergüenza hemos sido capaces incluso de ser felices, lo que una sola frase del Caballo Ventura, pronunciada años antes de su retiro 18, demuestra aquí y es la siguiente: «Oye, que riiiico, Mami».

pablomckinney

Periodista y escritor. Columnista. Productor y conductor en radio y televisión. Desde 1997 preside una firma consultora en comunicación estratégica. Contacto: 809 683-2208 (oficina) 809 321 8146 (móvil).

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