El Bulevar de la Vida

Un minuto, un silencio y un mínimo respeto

La historia. Ellos instalaron a Trujillo “en el trono del mando y del castigo”, desde donde pudo el Perínclito desarrollar todas sus potencialidades de asesino. Fueron ellos quienes interrumpieron el primer intento democrático en nuestro país; y cuando los hijos de esta patria digna y decorosa (-los más jóvenes deben saber que alguna vez fuimos dignos y decorosos-) marcharon hacia el puente Duarte a exigir la vuelta a la Constitución, “y con voz de fusiles en las calles salió a cantar el corazón del pueblo”, entonces el imperio, “con la sangre de muchos en las manos, hizo desembarcar sus marineros”.

Aplastado el orgullo patrio entre fusiles -y traidores que nunca faltan en estas groserías-,  instalaron a un tiranuelo en Palacio, y en doce años hubo -siempre mal contados y con su supervisión directa, por supuesto- algo más de dos mil dominicanos muertos. Y cuando ese modelo de sangre se agotó, permitieron que el otrora partido de la esperanza nacional, ay, el PRD, ya neutralizado, servil y obediente (justo y como el PLD 18 años después) llegara al poder.

La Viña de Naboth. Desde “La Viña de Naboth” que describe don Sumner Welles en su obra del mismo título, (invasión 1916), la embajada estadounidense ha estado presente con más o menos disimulo en casi todas nuestras gracias y desgracias. Hoy sus agencias (USAID, MAAG, CIA, DEA) dirigen el país con las nuestras como intermediarias, más el apoyo incondicional de SU sociedad civil  (su brazo político, jurídico, periodístico e intelectualmente armado), creada o promovida su creación por ellos mismos, con esos fines.

Un embajador bienvenido. Así íbamos tirando los dominicanos, en plan de colonia pero con disimulo, cuando un buen día llegó el nuevo embajador, Don James “Wally” Brewster, Jr.. Gracias al Dr. Google, supimos de su condición de defensor de los derechos de las minorías en la sociedad estadounidense. Quizás por eso, a la primera oportunidad -el lanzamiento del programa El Sol de la Tarde, de la emisora Zol FM donde laboramos,- aprovechamos para saludarle cordialmente. Era alentador, tener como Procónsul del Imperio, no a un intelectual estratega de la Operación Cóndor, a un vil matón de la Guerra Fría o algún sobrino de Kissinger, sino a un activista de los derechos humanos, defensor de las minorías, ya digo, y !qué bueno!

De Yankee go home a Yankee welcome. Así andábamos, agradeciendo las buenas formas del diplomático, llevando con resignación nuestra condición de colonia: exhibiendo bandera, votando en la ONU, cantando el Himno donde se pudiera, pasando poco a poco de “Yankee go home a Yankee welcome”, (que a mi generación le jode mucho) cuando en un destape de inusitada crueldad y abuso innecesario, don Wally, El Embajador, viene y se planta ante el país y nos recuerda su derecho a intervenir en nuestros asuntos internos; nos canta verdades, nos cita vergüenzas y si faltaba tufo imperial en sus palabras, pide a quien no esté de acuerdo con su intromisión entregar el visado de la Metrópolis. !Qué vaina!

Los responsables. Algo importante:  Uno suscribe las públicas críticas del Pro-Cónsul a nuestros líderes políticos y empresariales. Sólo que esto de mostrar las vergüenzas del país que le acoge -de acuerdo al Tratado de Viena del que EE.UU y RD son firmantes- no son funciones de un embajador extranjero. Hablo de unas vergüenzas que tienen como principal responsable a nuestras élites y a nuestros votantes, sí, pero como segundo responsable al gobierno de EE.UU. y su larga lista de afrentas a soberanas patrias,  incluida la que alguna vez pudimos ser, ay, cómo no volver  a Juan Bosch 1963, por no olvidar; recordar abril de 1965, para decir.

Un silencio…
Entonces, un silencio, Su Excelencia, un público silencio. Que sus agencias nos sigan gobernando por lo bajo, al fin, «Patria o muerte: nos vencieron». Siga, siga en lo suyo, Embajador. Baje línea en sus reuniones, visite al Presidente con truño, pero eso sí, si no es mucho el esfuerzo, evite repetir esos públicos arrebatos que incluyen ya hasta despachar durante horas con el jefe del Ministerio Público, o amenazar con despojar de visa al funcionario que no le reciba en su despacho inmediatamente usted lo pida. Un silencio, Su Excelencia, que si al embajador dominicano ante EE.UU. -en un momento de suicida lucidez y divina locura- le diera por pronunciar en el “Restaurant de Caridad” del Alto Manhattan una conferencia sobre el liderazgo mundial del oprobio de los marines Yankees, o una extensa charla sobre las vergüenzas internas de la sociedad estadounidense, entonces, no habría espacio en toda una edición dominical del New York Times para contarlo.

Y un mínimo respeto. Claro, claro, Su eminente, e inminente Excelencia; claro que sabe uno, que al “norte revuelto y brutal” no le atemorizan ya “las ganas de morirse que tienen estos pueblos”, que es Usted la personificación de “un portaviones todopoderoso, un dios marino que vomita fuego”; uno lo sabe, y por eso mi petición solo abarca su público silencio,su público silencio y si no es mucho pedir: un respeto, un mínimo respeto a una patria vencida ya,  bailando penas y celebrando muertos, ya ve. Con su permiso.

pablomckinney

Periodista y escritor. Columnista. Productor y conductor en radio y televisión. Desde 1997 preside una firma consultora en comunicación estratégica. Contacto: 809 683-2208 (oficina) 809 321 8146 (móvil).

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