El Bulevar de la Vida

La casita está vacía

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Para comenzar a admirarlo bastó una canción que desde entonces está en la banda sonora de mi vida y en casi  todas mis nostalgias de amor.  Hablo de  “El camino de los amantes”, que el pueblo dominicano bautizó como “La Casita”, y así se llama desde entonces.

Y  mientras el intérprete peruano Hugo Henríquez intentaba impresionar a su dulcinea prometiendo regalarle “un continente”, este tímido muchacho, exmonaguillo, solo le prometía a la suya, “una casita chiquita y bonita”. Fue amor a primera vista. El valor de lo sencillo.

Solidario como un cura de barrio, joven de 71 años, según Pavel Núñez, lo conocí una noche de los años ochenta en que un grupo de agrónomos ocupamos la entrada del Congreso Nacional en protesta vaya usted a saber por qué y, guitarra en mano, él fue a solidarizarse con nosotros. Esa noche de jengibre y sueños, cantamos y hablamos hasta que Dios lo permitió. Y llegaron los años noventa. Lo demás fue ver crecer su prestigio y reconocimiento internacional, y ganarse un respeto profesional que muy pocos artistas dominicanos han logrado, especialmente en España.

Con este viaje de Victor José Víctor Rojas, Vitico, su compañera de vida Sobeida y sus hijos Ian y Amy han perdido a su estrella, su sol y su sombra. Los enamorados de Iberoamérica han perdido a su cupido con guitarra, sin más flecha que un bolero,  y nosotros los de “la Peña de los muertos de hambre” y el chat que desde las 4:30 de la mañana inician los Rodríguez, Olivo y José Antonio, desde Madrid y París, hemos perdido al cómplice mayor de unas conversaciones diarias que podían comenzar con cierta formalidad político/cultural, pero siempre pasaban a celebrar la amistad, como la celebramos los dominicanos: bromeando, fastidiándonos,  “dando cuerda”, mentándonos la “mai del play”, como forma de evadirnos de una cotidianidad existencialmente adversa, tan dura pero tan dura, que hoy no tenemos ni siquiera la posibilidad de un abrazo, de un adiós, y por perder, ay, hemos perdido a Vitico. Y ante esta ausencia no hay “Confusión” ni acierto, ni hay “Casita” chiquita ni villa grande que valgan.

Cántala otra vez, hermano, cántala otra vez, para que te oiga: “No puedo olvidar tu aroma/ ni tus besos ni el color del helado de pistacho/ que te manchó el vestido/… (por haberte encontrado/ yo me hubiera perdido/)”.

PD. Y sí, eres hijo de Los Pepines. Nos vemos.

pablomckinney

Periodista y escritor. Columnista. Productor y conductor en radio y televisión. Desde 1997 preside una firma consultora en comunicación estratégica. Contacto: 809 683-2208 (oficina) 809 321 8146 (móvil).

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