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“Las trampas caritativas de la nostalgia”

 

No sólo se ama a las personas con las cuales fuimos felices, tam­bién se ama aquel tiempo y sus lugares. Hagan memoria.

De ellas habla García Márquez en “El amor en los tiempos del cólera”. Son las “trampas caritati­vas de la nostalgia”; esas que nos hacen sobredimensionar nuestro tiempo y considerarlo el mejor de todos.

Uno comienza a repasar aquellos años y llega a sus propias conclusiones: Más que malos tiempos en este hoy, lo que tenemos los mayores son los buenos re­cuerdos de aquel ayer, de los amigos, del barrio, de aquellos amores eternos de verano hasta que llegara el invierno, caricias de emergencia, caminata entre adoquines, un bar de espejos “por el bulevar de los sue­ños rotos” porque, según Sor Joaquín Cardenal Sabina, se había marchado del Centro León aquella tarde de su inauguración la dama de blusa amarilla (y sin poncho rojo).

Lo único peor que vivir en el pasado, es olvidarlo.

La memoria es un arma de reglamento para sobrevivir a unos tiempos nuevos, que ya no pueden ser los nuestros.

Mucho antes de que Santos Discépolo escribiera ese himno al nihilismo lírico que es el tango Cambalache, ya ocurría igual. Cada generación está convencida de que la próxima destruirá el mundo. Una cita que encontré en las redes refuerza ese razonamiento: “como van las cosas, ya no se trata de preguntarnos qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos, sino en manos de cuáles hijos vamos a dejar el mundo”.  Y el asunto no es de ayer, pues hace 2500 años, ya Sócrates aseguraba: “La juventud de hoy es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, (…) Contradicen a sus padres, (…)  y tiranizan a sus maestros».

Lo único peor que vivir en el pasado, es olvidarlo.

La memoria es un arma de reglamento para sobrevivir a los nuevos tiempos que ya no pueden ser los nuestros. Por eso mi devoción por mi viejo y ya pequeño Comité Central del Cariño, CCC, que componen unos escasos y veraces amigos “que a uno le quedan y no les sobran”.

Me lo acaban de confirmar los asesores de salud mental de McKINNEY para Color Visión, los doctores José Miguel Gómez y Ana Simó, y la magister Hayddé Domínguez desde La Hidalga. Ya es oficial: la ciencia ha demostrado lo que uno, entre boleros, ya presentía en La Casa de Teatro o Maniquí, hace ahora mil años: Reunirse entre amigos a jugar el dulce juego de perder el tiempo, a fastidiar con buena fe al otro, a dar cuerda sin descanso, a enterrar “la angustia de ser uno mismo” es terapéutico y saludable.

En fin, como los de Serrat, “mis amigos son gente cumplidora/, que acuden cuando saben que yo espero/, si les roza la muerte disimulan, que para ellos la amistad es lo primero”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

pablomckinney

Periodista y escritor. Columnista. Productor y conductor en radio y televisión. Desde 1997 preside una firma consultora en comunicación estratégica. Contacto: 809 683-2208 (oficina) 809 321 8146 (móvil).

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